19/8/08

ESTOY PERDIENDO LA ESTRELLA


Estoy perdiendo la estrella que no era mía

que me encontré cada noche que no quise encontrarla

súbita, rauda como cometa.

Estoy perdiendo la estrella que no estaba aquí

antes de llegar yo,

y que volvió a pasar tantas veces sobre mí

para que pudiera verla...

He perdido la estrella porque no aparezco

porque ahora la busco

porque la necesito.

AQUELLAS TARDES DE RADIO, POESÍA Y MÚSICA


Eran grabaciones infantiles, que salían a un aire cerrado, a un área estricta y restringida, por donde una vez a la semana se esparcían nuestras voces... No sucedió durante mucho tiempo. Una vez que lo hicimos bien nos sucedió como un susto de revelación de haber hecho algo bonito, con ecos de respuesta con connotación y dejamos de grabar, para no volver a emitir y recordarlo.

Nos juntamos inicialmente para la realización de un proyecto de clase, en E.G.B., y quedamos en pedir permiso en la Casa de Cultura del pueblo, junto a la Biblioteca, para que nos dejaran utilizar el estudio de la radio local.

Nos pertrechamos de apuntes y libretas sobre temas que nuestros profesores nos indicaron previamente, para comenzar después del permiso de los responsables de la radio, a esbozar el contenido de nuestras grabaciones. De todos aquellos temas, descartamos los pesados, los que no nos decían nada a un grupo de niños con poco interés o con un interés de pocos alcances... Estábamos acostumbrados a vivir en un mundo de dimensiones reducidas y en ellas a movernos entre libros infantiles como puertas a otros mundos más bien lejanos. En el divagar de los niños, en la búsqueda de nuevos temas de qué hablar, conseguí pararme sobre un montón de libros de poesía casi abandonados en las estanterías de la deshabitada Biblioteca, que pronto atraparon la atención de aquellos compañeros de entonces. Nos gustó tanto la idea de ponerles música, que no lo pensamos más veces, y nos dirigimos al estudio acompañados por la locutora de la emisora habitual, que nos iba a dirigir en la realización de nuestro programa.

Cuando los versos comenzaron a sonar, pronto comenzaron a sonar sin apenas haberlas buscado, canciones, música inaudita por nosotros, que hacía que el estudio se llenara de magia, de algo inmarcesible e intangible... Estábamos haciendo algo bello y nos sobrecogió a todos.

Volvimos al estudio a la semana siguiente animados por los resultados en clase. Todos conocían a los realizadores de la emisión de aquella tarde. Todos habían escuchado y querían volver a oírnos. Realizamos de nuevo la misma operación con libros distintos, autores ignotos y nuevas canciones que salían de nuestras manos, escogidas a ciegas, que arropaban nuestras voces infantiles, leídas, volviendo a crear aquella atmósfera que nos hacía llorar, pausarnos y proseguir a lo largo de una eterna hora memorable.

No volvimos a realizar algo semejante. Y recuerdo aquellas tardes de radio como únicas e irrepetibles tardes en contacto directo, de mano propia, por la belleza de pasiones de las que hoy en día soy incapaz de deshacerme y por las que reincido con la misma expresión de descubrimiento gigantesco en mi cara de adulto de hoy.

ESTACIONES DE AUTOBÚS


Solía tomar semanalmente distintos autobuses de largo recorrido para trasladarme de mi pueblo a la ciudad, en donde cursaba carrera.


Me da escalofríos recordar ahora los momentos que viví a veces en las distintas estaciones de autobús, mientras esperaba para pagar mi billete de viaje y, luego, esperando la llegada del autobús que fletaban en una o en otra dirección de destino.


Eran sucios hangares, bajos comerciales enormes, desaseados, en donde nos cruzábamos las más distintas expresiones de la naturaleza humana y en donde nos sentábamos todos los unos y los otros en viejos bancos, con un espacio enormemente vacío que nos separara del otro, entrecruzando miradas silenciosas. Dicho así, parecerá que hablo de una especie de zoológico, pero lo cierto es que no es estar muy lejos de la realidad de aquellos sitios, por entonces, ineludibles en mi época de estudiante en la capital de provincia, una descripción somera como esa.


Desahuciados, emigrantes sucios, inmigrantes limpios, fardos, desesperados, viudas, solas, enfermos, sátiros de todas las orientaciones.... Parecía siempre un escenario de posguerra en constante mutación en el que me costaba involucrarme y en el que recibía salpicaduras de realidad que me hacían levantar una mirada ausente, abandonando el libro entre mis manos, para observar en silencio, desde un rincón. Muy de cuando en cuando... alguno de aquellos personajes de estación se acercaba a mí, que siempre he tenido un inaudito imán para los desesperados, y me contaba su vida y yo escuchaba...


CORRESPONDENCIA


Comencé a leer muy temprano, gran número de libros han pasado por mis manos desde entonces, pero sobretodos ellos, recuerdo haber leído con voracidad carnívora los libros recopilatorios de correspondencias entre escritores o entre pupilos y escritores o maestros... Tanto era así, tal era mi gran afición por lecturas de este tipo, que mi correspondencia infantil y adolescente con los amigos que marchaban de mi pueblo para irse lejos a vivir por distintas circunstancias, guardaron conmigo, porque así lo disfrutaba yo, una extensa y pesada correspondencia.

Disfrutaba contando los detalles de los días, describiendo todo tipo de situaciones, escribiendo poemas en medio de cualquier párrafo... Me recuerdo hasta pasando a limpio cartas inmensamente largas, dotándolas de dibujos infantiles al principio, para rellenarlas también con pequeñas inspiraciones gráficas poéticas más tarde...

Eran gozosas sesiones de escritura temprana, en las que trataba de hacer domeñable mi propia letra, para siempre ininteligible, a pesar de todo, y en las que conseguía verter mi propia intimidad de la forma más aséptica, hasta la pérdida de la vergüenza por compartirla de tan farragosos como fueron aquellos manuscritos, de tan incomprensibles como debieron ser.

Perdí todas las cartas de entonces, quedaran embarrancadas algunas sueltas en algún sitio en el que viví, y me alegraría tanto encontrarme con alguno de entonces, con alguno de aquellos amigos de los que nada sé ahora, hoy por hoy, para que pudiera mostrarme aquellos conatos de verborrea literaria que ahora me vienen a la memoria, motivados por las lecturas intensísimas que descubría aquí y allá de autores de nombre porque sigo queriendo, deseando que me ocurra algo parecido... Ahora está el más sencillo hábito del correo electrónico, pero está tan falto hoy día del romanticismo aquel, que me da la misma pereza comenzar a escribir, la misma pereza que hoy hace improbable la escritura manuscrita de cartas por cualquiera, su envío y, por descontado, su recepción.

Al menos, sigo recibiendo facturas...
Pequeños poemas trágicos de la desesperación más actual.
Habrá que conformarse!

18/8/08

SECOS LOS OJOS


No hay nada más desesperante que una página en blanco, pero he descubierto que existe también la desesperación de una página en blanco, no ya al escribir, sino al leer.

Pararse un minuto para comenzar una lectura, requiere también de cierta predisposición, de cierto ambiente para que una lectura sea correcta, para que no se convierta en un continuo pasar de hojas, repaso visual de párrafos y apuntes de palabras o expresiones desconocidas, graciosas, chocantes, ingeniosas...

Al faltar estas condiciones, se produce una lectura en blanco, una lectura de la que no se ha extraído nada, excepto una pérdida terrible de tiempo. Se ven las páginas como si en ellas sólo se hubiera conocido otro vacío similar al de la pérdida de la inspiración para continuar escribiendo o creando, como si tampoco se tuviera la concentración para capturar de las páginas leídas lo que contienen y las pendientes de leer produjeran sólo un fuerte vértigo en perspectiva.

Hasta en mis malas lecturas, esto es, hasta en los libros que he leído y que he considerado como malos, siempre he venido sacando una clara lección en alguna dirección, pero a veces, hasta en estos, no hallo nada que pudiera servirme para dar por válido el esfuerzo de una pausada y calma "lectura hasta el final". Es como si al igual que a la imaginación para escribir, a veces, los ojos estuvieran también secos.

ADORMECIDO


DE ETERNO ADORMECIDO ME HAN PINTADO
AQUELLOS QUE HASTA HOY HE CONOCIDO,
Y AUN CON SUEÑO A LOS OTROS ME HAN VENDIDO
COMO UN SOLO AUSENTE ANONADADO...


POR TODO EL TIEMPO HAN INTENTADO
COMPRENDER LA DUDA EN LA QUE HE VIVIDO
PROLONGANDO EN LO MALO CONOCIDO
LA VISIÓN CRUEL DE TODO LO PASADO.

EN ESTA SOLEDAD EN LA QUE PENO
RENUNCIO A MI SUERTE MAL VIVIDA...
NI VER NI RECORDAR SERA MI EMPEÑO.

MAS A AQUELLA SOLEDAD ME ENCADENO
PUES SIENTO QUE SU PESO ES LA VIDA.
YA, SUMISO, ACEPTO CUALQUIER DUEÑO

15/8/08

NADA


DEDICAME UN SILENCIO AMABLE
O INDIFERENTE, DEL QUE NO SIENTA
UNA MIRADA OBLICUA O ATENTA
FALSAMENTE AL DOLOR INMUTABLE

DE LA HONDA HERIDA PERDURABLE
QUE VA ESCARANDO, DE MIS OJOS, LENTA,
LA LÁGRIMA SALADA QUE DETENTA,
CON LA LUZ DEL ALBA, EL VISO AFABLE

DE AQUELLA ÚNICA CARICIA LEVE
DE TU PARTE. UNA INDIFERENCIA
QUE NI EL RECUERDO O EL OLVIDO LLEVE

O EL MÍNIMO ESTUPOR POR MI PRESENCIA...
QUE UNA NUEVA NADA ENTRE AMBOS ELEVE
SIENDO YA MI VIDA CON TU AUSENCIA.

14/8/08

RE VIVIR


Resulta curioso comprobar cómo nuestro pasado va con nosotros.

No nos abandonan las experiencias vividas en la infancia, todo lo que nos enseñaron directa o indirectamente, lo que aprendimos, lo bien o lo mal que nos trataron, (sobre todo lo mal que nos trataron), la ausencia de afecto que sufrimos, la inseguridad del desabrigo de nuestros protectores, la indolencia de nuestros padres ante nuestro llanto, el abuso de nuestros desconocidos, la incomprensión de nuestros hermanos, la falta de guía frente a una realidad ignota, la burla de lo que otros siempre consideraban como sabido y que nosotros aprendíamos, una displicente enseñanza, el ridículo, la vergüenza infligida por quien se consideró ante nosotros más fuerte, la humillación...

Todas esas cosas de a veces que, incontroladamente, ayudaron a la mancillación de nuestra niñez, a las que un niño, de por sí débil, maleable y frágil es incapaz de enfrentarse por sí sólo, contribuyen a hacer pesada la carga de determinación personal existente en todos y cada uno de nosotros...

A una nefasta confluencia de determinación cultural por la circunstancia particular de nuestros progenitores, por la propia circunstancia del infante, se une todo ese amasijo de experiencias traumáticas que éste puede llegar a sufrir y que indefectiblemente cargará consigo mientras no halle oposición íntima, mientras no se convulsione psicológicamente para encontrar el revulsivo que haga que ese niño se enfrente cultural, social y afectivamente a esta determinación de su personalidad, a la imposición de una perspectiva vital ajena a sí mismo, adquirida involuntariamente y, por todo ello, perjudicial para su vida misma, habiendo sido experimentada.

Del mismo modo que cuando crecíamos sentimos necesidades desatendidas por las circunstancias que nos rodearon, más tarde, en edad avanzada, madura, esas mismas carencias reverdecen, agudizando una urgente necesidad de subsanación de cualquier falta, reclamando una compensación in extremis, determinante, para hacer de esa vida individual un ser capaz de liberarse de lo que le marcase negativamente para el desenvolvimiento social que se pudo ver afectado por un cúmulo indeseable de frustraciones infantiles.

Decir que reverdecen, es también admitir que hubo lucha íntima, que hubo rebeldía o quizás, incluso, cierto aire de inconsciencia viviendo, porque la inconsciencia adolescente, no parece sino el período de debate íntimo contra la predeterminación circunstancial de una vida que ha de saltar en breve a la experimentación independiente de una vivencia íntegra y autónoma del mundo con el que ha de estar en conflicto. Y esa perspectiva, intuyendo una falta de preparación para el salto, es abismal, produce un miedo cerval que en última instancia parece sólo salvable ciegamente.

Vivir a tientas no sólo podría implicar cometer errores, también produce aciertos, pero anestesia toda sensación de necesidad, disimula toda carencia, sólo dejando traslucir un aparente desconcierto. Es aquí cuando llegan los sucedáneos, las búsquedas, el idealismo, la falsa sensación de encuentro con lo auténtico, la formación de una personalidad debilitada, sin contrafuertes, de base enclenque y desordenada con la promesa infeliz y esperanzada de otro futuro en construcción.

No siempre la suerte es benigna, no siempre el devenir de las cosas casa con una prospección determinada del futuro que deseamos vivir un día. Muy al contrario, tras la anestesiada etapa en la que hemos tratado de desasirnos de todo vínculo impuesto, y pudiendo haber encontrado por fortuna un asidero temporal tal y como nosotros lo deseáramos, regresan para sacudirnos en la calma.

¿Es entonces posible la lucha definitiva por recuperarse?

SUSURROS


EL RUIDO DE ESTE VERSO SE HACE SORDO
AL FUERTE EMPUJE BRIOSO DE OTROS AIRES.
SILENCIA EL VIENTO MI CANTAR DUDOSO...
SUSURROS SON MIS NOTAS EN EL AIRE.

SUSURROS SON MIS NOTAS EN EL AIRE
QUE DANZAN AL COMPÁS DE UN SON MELOSO
MARCADO POR LA SUERTE DE LOS NAIPES...
ALEJADO DE LOS TRINOS MIENTRAS BORDO

LAS PRENDAS Y VESTIDOS QUE LOS TAPEN,
APRENDO CON LAS BRISAS LOS SENTIDOS,
LAS TRAMPAS Y LOS TRINOS DE SUS ARTES.

13/8/08

TEMOR


SER SÓLO YO DESPIERTO EN LA MAÑANA
Y NO HALLAR LOS AMORES QUE HE VIVIDO
Y NO ENCONTRAR DE MÍ QUÉ HAYA SIDO
Y SÓLO VER VAGANDO RUINA VANA;

SER SOLO, UNO SÓLO EN LA VENTANA
ABIERTA AL MUNDO EN DONDE HE NACIDO
Y CONTEMPLAR LOS RESTOS DE UN VENCIDO
MURO EN UNA SOLEDAD CERCANA

ES EL TEMOR MAYOR QUE MÁS ME ASUSTA...
Y MÁS SE CRECE CUANTO MAS ME DAÑA,
PUES MAS ME DUELE CUANTO MAS ME DOMA.

TAMBIÉN HOY SE VE LA LUZ EN LA MONTAÑA
EN LA QUE TRAS LA OSCURA NOCHE ASOMA
LA SOLA AMISTAD, LA FE VETUSTA...

ASECHANZA ( En Hermann Hesse)


EL PÁJARO QUE AYER POSABA EN ORO
HOY VUELA PARA YA MÁS NO VOLVER
DEJANDO DE SUS ALAS EL SONORO
ECO EN LOS AIRES DEL ATARDECER.

EL EVO TRINO Y EL CANTAR CANORO
DEL AVE LEVE, SE EMPIEZAN A PERDER
CON LA DISTANCIA Y EL ANOCHECER
EN EL QUE ESTA AÑORANZA AFLORO

HACE NACER EN MI OTRA ESPERANZA...
DEL PROFUNDO ENGAÑO, EN LA INFINITA
PROFUNDIDAD DE MI IGNORANCIA,

LA RAZÓN BUSCA EN MÍ LA TOLERANCIA
DE UNA MÓVIL VOLUNTAD QUE DORMITA
ENTRE LA FORTUNA Y LA ASECHANZA
.

INTRANSI-GENTE


La gente intransi, la que no deja títere con cabeza, la que no perdona y siempre corrige a los demás, la que no acepta a nadie más que a sí mismo, la que mira siempre por encima del hombro, la que, a veces, ni siquiera mira o lo hace con desprecio, la que no tiene escrúpulos para el pisoteo... Hijos, estoy más cansado de vosotros que de mí mismo por repetirme. Qué les darán para ser así...? Me da rabia, verdadera y corrosiva rabia, que exista gente así como de lista, que se las da de sabihondo, de sabelotodo, mientras llevan una vida deplorable... Porque suele coincidir la mayoría de las veces...
O no?

Y es que yo no sé si me he equivocado de sitio, o de lugar, así tanto como he cambiado de lugares en donde he vivido, pero siempre están por ahí pululando... Pero es que sólo me pasa a mí esto? Sólo yo me encuentro gente así?

VOY PERDIENDO RELOJES


Voy perdiendo relojes.

Minuteros y segunderos se me caen por las muñecas.

Estoy perdiendo las horas de mi pasatiempo. Los minutos.

No estoy en dónde creo estar

y el calendario me muestra fechas desvergonzado.

Ya he perdido los meses del hastío, los días...

Se ha pasado todo lo que no se queda aquí,

conmigo,

para moverme a mi vez por entre los cristales

como agujas

de la arena de mi reloj de lluvias. Reloj de aguas estancadas.

Perdí los años en los que no me encontraba

buscándome

volviendo a confundir el sueño

repitiendo las palabras que nunca quisiera decir.

Las vidas.

Disipadas opciones, siempre erróneas.

Sendas de satisfacción sin premio.

El nacimiento.

EL OTOÑO SIEMPRE HIERE Raúl Guerra Garrido

Segundo hallazgo. Misma librería, mismo sistema, misma impresión a la hora de la compra.
Sesudo libro de viaje interior, de vuelta a los orígenes. Un manido tema que, a Raúl Guerra Garrido le basta para hacer un profundo, sentimental e intelectual repaso por su vida desde la de ahora hacia la de antes, ya viejo, achacoso y desgastado, y por la vida de los que vuelve a revisitar, casi como un desconocido, al paso que se reencuentra con lugares comunes que le dejaron una impronta sentimentaloide en la infancia y en la adolescencia. Sueños, reflexiones, ensoñaciones, deseos... La literatura de viaje íntimo gana un nuevo ejemplo para sus libros de texto, a mi juicio.
De lectura ardua por momentos, su forma de escritura asemeja ser transcripción de grabaciones de voz puntuales durante la verdadera acción.
De su repaso, asusta sólo comprobar que la prolongación a la inversa de la vida, es fiel reflejo de que las cosas nos persiguen, que existen multitud de episodios inconclusos que nos marcaron, que nos hicieron más débiles y que determinaron de forma alguna el modo en el que nos relacionamos con los demás en un período tan importante como la infancia y la adolescencia.
Dura, cruda y sincera reflexión sobre la muerte, a propósito del fin de un ascendente, en donde palpita un vómito de temor, de sensación de "no todavía", porque aún quedan cosas por cumplir, por solventar.
Recomendable para los que no sufren con el regusto de un aparente final sin final porque entienden que escribir a veces es sólo un pretexto para otra cosa.

LA MEDIDA DEL MUNDO Denis Guedj


Última lectura realizada, encontrada por mera casualidad en una pequeña librería perdida, en donde el precio de los libros a la venta es prácticamente la declaración más evidente, no ya del desprecio por la literatura, estamos hablando de una librería, sino de unas aparentes ganas de deshacerse de libros olvidados, reeditados casi sin sentido, parece!, de escasa o nula aceptación general.
Es pues un pequeño hallazgo, una sorpresa fresca que sólo recomiendo a los amantes de la ciencia exacta, la historia de Francia y su Revolución, y de ella, la intelectual y científica.
Aunque de factura sencilla, pero de elaboración minuciosa y lectura veloz en principio, es el relato de una pasión poco común hoy día, real e imperecedera, de esas pasiones que cambian el curso de lo cotidiano para siempre jamás.
Para quienes crean en la consecución de imposibles, luchen contra adversidades menores o mayores en su mundo particular, para los que crean que cejar en un empeño es a veces la mejor opción y para los que trabajan afanados en el detalle, con la esperanza de que un conjunto de esfuerzos cale de algún modo en alguien o en algo, es lectura no imprescindible, pero sí recomendable.

SOLAMENTE LA TARDE


Me llevabas de tu mano por los lodos, acercándome a un pasado reciente, con la distancia de ayer entre nosotros, dejándonos callar por la evidencia del atardecer, iluminándonos los ojos de verdades.
Me dejaba acercar por ti a ti mismo, a lo que fuiste, con la temeridad de quien sabe que tras la curiosidad viene el daño leve de la salpicadura de lo que late aún.
Nos dejamos encontrar por los mares, mirando siempre atrás por si tus navegantes nos sorprendían en el renuncio al olvido.
Caminamos juntos, yo callaba.
Andabas junto a mí, mientras reías con temores.
Estaba desnudo.
Fui vulnerable al viento.
Las espumas de sal quedaban a los pies.
Pero no pasó más que la tarde.

12/8/08

LOS ESLABONES DÉBILES


No creo poder remediarlo.
Siento una extraña atracción por las causas perdidas, por aquellos que parecen haberse desviado continuamente por un camino más duro y que se cruzan o se han cruzado en mi camino contándome su dolor, su pena, su queja de la vida y del comportamiento de los otros, ofensivo, denigrante, duro, cruel...
Comprendo en ellos cierta verdad subterránea, sino toda la verdad subterránea existente en el juego de la realidad y de la vida.
Me da la impresión vertiginosa de que es un vivir más real, más a ras de vida, mejor vivido y sentido que todo lo superfluo y aparente de la vida de los que siempre son los demás, los otros.
He escuchado historias de todos los tipos, calibres...
He vivido observando penurias, dolores y creo haberlos padecido a mi vez.
Detesto el victimismo por el victimismo, pero no dejo de observar la diferencia social más acendrada que convive entre nosotros inevitablemente, y es la de los ganadores y los perdedores, los vencidos. Me siento parte de esa amalgama de gente que observa, que actúa a veces con el temor al daño, sabiéndose vulnerable y frágil. Me siento a veces queriendo un cambio en mi vida, un celo y una envidia por quienes aparentan un modo de vida fácil. Me encuentro deseando de vez en cuando una sociedad verdaderamente democrática en el sentimiento, en una sensible crisis de la sensibilidad, del respeto por quienes comprueban que es difícil moverse en un mundo en el que se han ido sumándose los obstáculos para ser feliz, sencillamente, simplemente, sin aparatos de por medio, viviendo la vida complacidamente, valorando todos los esfuerzos por no quebrar la cadena de uno, el valor íntimo de uno mismo, uniendo los eslabones del corazón, recomponiéndolo.

LOS OCHENTA


11/8/08

TODAVÍA


AYER DE TANTA SENSACIÓN REPLETO
Y HOY FALTO DE ELEGANCIA EN LA ESCRITURA;
MAÑANA TRISTE Y SIN DOLOR CONCRETO,
REVUELTO POR LA PENA EN LA TRISTURA,
AÚN VENDRÉ GUARDANDO MI SECRETO,
TODAVÍA INTACTO COMO ROCA DURA,
PUJANDO POR SALIR DE MI COLETO,
SOMETIENDO AL DESEO A LA CLAUSURA.

...


UN DÉBIL CORAZON DE DUDA
PLENO HOY SE LEVANTA... IGUAL
QUE AYER SERA DE PENA LLENO,
DE LLANTO Y FURIA ETERNAL
Y DE IGNORANCIA...

EL BREVE ANHELO


LA HERIDA QUE EL VIENTO LUDA
ESCARARÁ Y SANARÁ
EL DAÑO GRAVE DE LA DUDA
INSANA...

...


DEL SÍMBOLO PLURAL DE LA ESPERANZA
TOMARÉ HOY LOS MAS PUROS VERDORES
A TU LADO, DEJANDO ATRÁS DOLORES
Y RECUERDOS TRISTES DE MI INFANCIA

HASTA LOS SIETE (Incompleto)

Mis primeros recuerdos de infancia parecen ser muy tempranos y sólo a veces vienen a mi memoria en forma nebulosa, en imágenes difusas, difuminadas, como disueltas por el agua constante en el curso del recuerdo, móviles e intermitentes, como a golpes de fragmentos inconexos.
Recuerdo un primer día de colegio, una bata a cuadros azules y blancos, unos lápices de colores, un llanto de otro contagiado.
Recuerdo un reloj de pulsera infantil, y un mirar la esfera buscando leer una hora.
Recuerdo extender los dedos de una pequeña mano, la mía, un gesto enseñado por mis padres, para dar a entender mi edad.(4)
Recuerdo recintos cerrados, patios interiores repletos de vegetación, rosas y geranios, plantas diversas y desconocidas aún hoy para mí.
Recuerdo una cesta enorme en donde se secaban caracoles.
Recuerdo macetas en donde esperaba ver crecer patatas robadas a la despensa de mi madre.
Recuerdo amigos, me veo correr rápido cuesta arriba y cuesta abajo, recuerdo un triciclo azul en donde nos montábamos.
Recuerdo enormes bocadillos de mantequilla azucarada a la hora de la merienda, o de tomate o de Nocilla... Recuerdo cerezas robadas.
Recuerdo ramas de carrascas, grupos bulliciosos de niños cortándolas, hogueras de San Juan, noches iluminadas y fascinadores fuegos que calentaban noches frías de mis primeros veranos.
Recuerdo el cine al aire libre, los helados, sus precios, las rifas que nunca premiaban a nadie.
Recuerdo chicles y golosinas en las catequesis por cada pecado aprendido, tan pequeño...
Recuerdo cementerio, recuerdo hielos y nevadas, recuerdo calles y torre de la iglesia al lado del club, recuerdo fuente y fragua, lavaderos, eras misteriosas de árboles espesos con ramas de formas misteriosas y un incendio.
Recuerdo barcos de juncos y cortezas de pino, recuerdo laderas de montes por donde nos tirábamos a rodar.
Recuerdo escuela y profesora, Águeda Juan Juan, recuerdo su autobús y su cariño, y mi pequeño cariño por ella, esperándola en la parada de autobuses para acompañarla hasta el aulario.
Recuerdo un himno viejo cada mañana, fotos de escuela con hermanos, columpios.
Recuerdo una base aérea cercana, un mundo grande.
Recuerdo a veces miedo, pero sobretodo recuerdo la alegría hasta cumplir los siete...

7/8/08

A PIRATAS

No hay nada peor que un gracioso cobarde que pretenda atentar contra ti o contra cosas nacidas de ti en alguna forma. Admitiendo la divergencia en opiniones y gustos, lo que es inexcusable siempre en cualquier ambiente o circunstancia es la educación y la forma. No es lo mismo criticar destructiva que positivamente, ahí podemos observar todos una clara diferencia y, aunque lo lamentable en todo es la censura y en contra de una inicial filosofía propia, me veo forzado a la moderación de los comentarios que queráis verter en mi blog, para ayudar a quienes lo precisen, a ser valientes, educados y constructivos.
A todos los demás, disculpas.

6/8/08

AQUÍ


PERDÓNAME POR IR ASI BUSCANDO
UN CORAZON DE APOYO A MI CABEZA,
EL HOMBRO QUE CONSUELA MI TRISTEZA
HACIENDO DEL DOLOR TAN SOLO UN DAÑO.

PERMÍTEME TENER DE TI EL ABRAZO
O EL CALOR ,AUN LEVE DE POBREZA...
PROMÉTEME UN ALIVIO SIN CERTEZA...
CONCÉDEME EL SUEÑO EN TU REGAZO.

AL CABO, TERMINO ARREPENTIDO,
ACABO MENDIGÁNDOTE UN RECUERDO
DE AQUELLO QUE FUERA CONCEBIDO.

REVIVIENDO EN MI UN DULCE ECO,
TUS PALABRAS SOLAS ME ESTREMECEN.
AQUÍ, LÁGRIMAS Y RISAS SE RETUERCEN.

A NAVEGANTES

Muchas gracias por vuestras visitas.
Vuestra aparente fidelidad es apabullante, aunque esto no justifica la evidente retirada de circulación de los relatos que disfrutasteis (?) durante un breve período de tiempo.
Les di vida, pero ahora he de transformarlos en un sueño, hacerles crecer y ver sus frutos.
Los que he recogido aquí gracias a ellos, los guardo íntimamente.
No abandono. La fuerza de casi 700 visitas en menos de un mes de la creación de este blog me anima a continuar compartiendo. No fue creado para otra cosa más que para comunicar y trasmitir, sin idea definida de qué. Veremos si poco a poco puedo o no ir llenándolo de algo que pueda valer también la pena una atención mínima.
Un afectuoso saludo a los que habéis estado ahí, un renovado gracias hondo a los que me escribieron comentarios y a los que movidos por la curiosidad u otras razones me visitaron.

10/7/08

LA CAJA ANECÓICA


Se cubría con una pequeña manta roída y deshilachada. Parecía un fantasma ambulante, un mendigo, un predicador callejero del aislamiento. Guardaba silencio por horas, y entre los jirones, se veían enormes y blancos sus ojos escrutadores.


Andaba con una lentitud molesta, casi aparentando una cojera irrecuperable, porque arrastraba un zapato deshecho, sin cordones, con el empeine del pie derecho, y con una reconcentrada fuerza en la punta de los dedos, descubiertos, por temor a que se deslizara entre ellos el cuero desgastado.


Cada cierto tiempo se agachaba en la esquina de una estrecha calle, en donde como a resguardo de miradas indiscretas, sentado en el suelo, desenvolvía una bola de plásticos en la que hurgaba caprichosamente para ir extrayendo las colillas de cigarros que había ido recogiendo en las aceras de la ciudad.



Abría las piernas de par en par, no sin dificultad por el enmohecimiento de sus huesos, y entre ellas disponía las colillas de mayor a menor, con escrúpulo de laboratorio. Pacientemente, seleccionaba las más largas y menos consumidas, las de boquillas más higiénicas y menos aplastadas, las de canutillo menos vacío. Y en otra bolsa arrugada de supermercado, volvía a recoger las desechadas. Con el resto en la mano, se aupaba del suelo y volvía a arrastarse, envuelto en su manta y medio descalzo.



En las afueras, una gigantesca tubería ciega de un grueso cemento, olvidada y prácticamente inaccesible, le servía de cobijo. Accedía a ella abruptamente, rasguñándose la piel entre la maleza de la entrada mientras se hacía paso.



El interior era un oscuro reducto de silencio absoluto, el de una caja húmeda, cargada de asfixia.



Allí tumbado, palpándose el bosillo, extraía un pequeño encendedor con el que prendía las colillas.

9/7/08

VACÍOS, SOLOS Y SUCIOS


Desasosiega pensar que no hemos de encontrar fuera del espacio de nuestros hogares, en donde nos creemos a resguardo de los vaivenes de todos los días y en todos los órdenes, un minuto al descanso, que siempre habremos de mantenernos en guardia para contrarrestar los ataques de los otros, alimentando nuestra tensión interior, pretendiendo estar alerta y defendernos con nuestras propias armas de quienes no cesan de ponerse por delante de nosotros, ir comiéndose nuestro espacio de afuera, el lugar social en el nos hemos venido situando.



Somos animales de posición, estamos habrientos con mayor o menor dolor de estómago y retortijón, de acaparar más, y nunca más de lo que creemos tener ya, sino, por comparación, de lo que vemos conseguir al resto porque parecemos estar hechos de una materia de insatisfacción y contento plenos.



Somos ciegos del disfrute que pudiera ofrecernos nuestra circunstancia y andamos por el mundo careciendo del respeto que nos debiera producir arriesgarnos a perder o a no seguir ganando de lo que poseemos. Nuestra voluntad de abarcar nos conduce a la irreflexión, a la imprudencia, a la falta de moralidad o ética, al avasallamiento y hasta la impiedad con quien nos estorbe. No curamos de nada ni de nadie si nos hemos trazado una meta, vivir se convierte en una competencia abierta que, no siendo singular, individual sólo, arrastra con todo.

Nos transformamos en enemigos y dejamos instalarse en nosotros una profunda desconfianza sobre los actos de los demás. Leemos dobles sentidos en sus mensajes, interpretamos intenciones camufladas en sus demostraciones; contemplamos su falsedad con la impotencia de la envidia que nos genera constatar que desearíamos posicionarnos del mismo modo, porque queremos vivir los efectos beneficiosos de aparentar para recibir en compensación, situándonos cerca de quien otorga, ordena, manda, influye o de quien está cerca de quien pueda hacerlo.



Disfrutamos de nuestra hipocresía, nos burlamos de la incapacidad que queremos ver en los otros, nos crecemos. Buscamos ser más oídos, considerados siempre, mejor atendidos, supervalorados. Hasta deseamos que los demás dependan un poco de nosotros para convencernos de que a cualquier nivel podemos ejercer el poder que no desplegamos en otros, porque estos lo ejercen sobre nosotros.



Visualizamos una pirámide en la que no concebimos situarnos en la base y desde cuyo pico soñamos expulsar a cozazos a ineptos y displicentes. Tan sólo somos capaces de aceptarnos a nosotros. No al resto. No hay cabida.

Ensucíamos nuestro camino de cadáveres, dejamos de estar acompañados porque les alienamos a nuestro paso.

No hay novedad en esto.

8/7/08

EL CORTACÉSPED


Resulta espeluznante pensar que podamos contener en nuestra intimidad, guardados, pequeños reductos de una maldad por germinar, pero más aún que podamos llegar a desarrollarla o a ponerla en práctica y en evidencia contra otros, nunca contra nosotros mismos, y que lo hagamos con una disimulada picardía infantil, pretendiendo que sus efectos sean menos crueles y nos guardemos de parecer unos perfectos criminales por la atenuación que toda apariencia de juego inocente infunde a nuestros actos.

Es además perceptible que esta crueldad de tácitos resortes, tiene comprimida en sí misma un matiz de reivindicación, de protesta o enfrentamiento, quizás porque sea desatada en esos segundos climáticos en los que una situación cualquiera pone a prueba no sólo la paciencia, sino también nuestros principios y nuestra moralidad, nuestras pautas propias e individualizadas de comportamiento, nuestro modo de entender lo que sucede frente al modo en el que se nos pueda estar imponiendo una visión de la realidad sin posible admisión de réplica.

Es una rebelión íntima y primaria, semejante al llanto de un niño al que se le arrebata el caramelo que disfruta, o la pelota con la que juega, o al que se le ordena ir a la cama cuando aún quiere seguir jugando. Nuestro orden de las cosas, alimentado con nuestras apetencias, difiere normalmente con el orden del resto y de este mismo modo construimos nuestra posición ante la realidad y su devenir. Sólo habernos convencido de un modo de proceder, entendiendo particularmente que unas determinadas causas se concluyen con unos determinados efectos, que aprendemos como consecuentes, y habiendo naturalizado una deontología personal a través de la experiencia y la observación, concluimos en nosotros el frente individualizado de batalla en el que, desde primera línea, guerrear contra una contradicción de los demás.

No prever las consecuencias es un error de planteamiento y estrategia.

Como habitualmente, me desperté por la mañana para ir a trabajar. Tras ir al baño, comencé a escuchar una discusión en la calle. Mi vecino, cuya trasera linda con un amplio jardín con un precioso césped perfectamente cuidado, parecía estar discutiendo vivamente con el jardinero del jardín vecino a causa del excesivo ruido que en los últimos días venía soportando a tempranas horas de la mañana, producido por las máquinas cortacésped.

Ciertamente, era insoportable. Un ruido monótono, contundente y lo que es peor aún, diario, que yo también había venido escuchando al despertar.

Aquella mañana, mi sufrido vecino no debió de despertarse pacíficamente, y molesto nuevamente por los ruidos, vestido tan sólo con el pantalón de su pijama, asomado a su propio parterre, había comenzado a tirarle guijarros al jardinero que manipulaba con concentración su máquina cortacésped como todos los días. Éste, alcanzado por los proyectiles, no pudo menos que acercarse al otro para discutir.

Asomado a mi ventana como estaba, observando por entre las cortinas, me sonreí cuando separándose ambos tras la discusión verbal, comprobé que no sólo mi vecino se mantenía impávido, sino que además se agachaba sigilosamente, con media sonrisa en la cara, rebuscando en la tierra qué volver a tirar, mientras el jardinero, airado, recogía su máquina para alejarse de las piedrecillas y levantando a destiempo un dedo acusador y amenazante.

Cuando dejé de observar, mi vecino estaba lanzándole de nuevo pequeñas piedras al jardinero que prosiguió desde cada vez más lejos cortando la hierba del jardín.

A la mañana siguiente el ruido era poderoso y atronador, como ruido de batanes quijotescos. Levantado como habitualmente estaba, volví a asomarme con la misma curiosidad y comprobé que el jardinero no estaba solo, sino acompañado de tres molestas máquinas ruidosas más. Toda una respuesta.

Pero no sólo somos crueles cuando atentan contra el descanso en nuestro hogar o cuando atentan contra nuestras obligaciones, contra las que cabe menos hacer , puesto que resultaría doblemente perjudicial oponerse, sino que somos especialmente maquiavélicos en lo sentimental, en las relaciones sociales, de amistades y familiares e incluso en las sentimentales, en donde tendemos a ejercer, sotto voce, cierta manipulación de los caracteres más débiles anexos a nosotros, dependiendo de qué y cómo nos plazca por el mero hecho de imponernos.

4/7/08

RECUERDO RECORDAR


Repasar siempre el pasado no es una buena medicina para la vida de ahora de cada uno, ni siquiera para revivir imaginariamente lo que de bueno o malo nos tocó vivir, o lo que de alegre decidimos vestir lo que vivíamos, si no lo vestimos de tristeza.

La experiencia es un grado. Compartir lo extraído de cada vivencia es siempre un acto valiente y loable, en todo punto enriquecedor. Pero no siempre acompaña a una amalgama de vida la habilidad de saber qué compartir y con quién, con qué intensidad y prudencia compartirlo, hasta con qué frecuencia compartirlo. Digamos que la adquisición de un grado, el de haber vivido tanto, no conlleva el otro por necesidad, el de tener la claridad suficiente para saber cuándo es más oportuno y porqué compartir lo que se comparte.

En las relaciones sentimentales, se hace más evidente este complejo punto.

Se comienza una relación sin la opción imparcial de contrastar la información de nuestra pareja. De manera que hemos de tener fe en lo que nuestra pareja nos transmite de su vida, de igual manera que nuestra pareja ha de confiar en el relato de nuestro periplo vital.

Al principio, se tiende a transmitir todo un caudal de información que no procesamos bien, cuando escuchamos, y que no transmitimos, con excepciones, con toda su cruel o sincera fuerza, es decir, queriendo decir claramente lo que determinados pasajes de nuestra vida significan verdaderamente para nosotros. Se genera por tanto una vaga sensación de insaciedad, de frustrado intento de decir al otro lo que más crudamente no sabríamos decir.

Siguen las relaciones, con su cúmulo de tiempo, y de cuando acá, nos retrotraemos a estas historias incompletas, a estos pequeños relatos frustrados de nuestra vida, que pulsan por citarse... Asemejan acumularse en nuestro estómago, y nuestra cotidianidad indolente a nuestros fantasmas del pasado, sigue su curso mientras continúan agolpándose en nuestra intimidad.

Llega entonces el momento en el que la propia cotidianidad nos brinda ocasiones con las que dar rienda suelta a lo que ha ido convirtiéndose en casi, casi una necesidad fisiológica y que es en sí, una necesidad psicológica. Habrá quienes sientan que no habiéndolo contado todo, lo que realmente han acumulado en su memoria de sensaciones es un peregrino sentimiento de culpabilidad, como si lo que no se acabó por contar no fuera para contado. La culpabilidad, la toma de conciencia frente a ella de nuestra inocencia al respecto, y la oportunidad del día a día, suelen ser aprovechadas para dar quietud al empuje de lo que por dentro nos bulle.
Y sin apenas darnos cuenta, comienzan a revivirse sin oposición alguna todos nuestros fantasmas. Es aquí en donde suelen comenzar a encabalgarse los momentos compartidos con otros, con los vividos ahora junto a la pareja, la última. Se entorpecen las comparaciones inevitables de los unos contra los otros. Los objetos, las personas, las frases... toman un cuerpo nuevo al que han tenido desde un principio. Añaden a una significación construida en un pasado reciente, casi presente, la significación que pudo tener junto al otro, en un pasado un tanto más lejano, y que corresponde al otro, con otro...
Inevitablemente, se corre el riesgo de entrar en un bucle sin escape que comience por enturbiar la sana cotidianeidad de la pareja. Ambos, podrán comenzar a sumar a sus propios fantasmas, los fantasmas del otro y dejarán de ver en lo reconstruido junto con el último, la significación nueva, para verla comparada, asemejada, a la de aquellos que pasaron antes.
Superar este trance, es prácticamente ganar una batalla, pero ¿dónde está el error?
Si no hubiéramos compartido, no conoceríamos, no daríamos satisfacción a nuestra curiosidad por el otro y ésta misma sería causa de corrosión de nuestra relación, ¿cómo no darle salida? ¿Cómo no pretender ver a qué atenerse?
Pero, ¿cuánto, cómo, cuándo y porqué hemos de compartir lo que compartimos si no queremos enrarecer lo nuestro? ¿Podemos contener lo que deseamos contar? ¿Es mejor la contención o es preferible desbordarse? ¿Somos capaces de convivir con los fantasmas del otro? ¿Nos deshacemos de lo prescindible de nuestro pasado compartido con otros? ¿Debemos deshacernos de qué?