25/11/08

PESADILLA - FRANCISCO JAVIER ILLÁN VIVAS (Audiovisual terrorífico y fragmento de la entrevista de Sandra Llabrés y Joana Pol al autor murciano)

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Pesadilla
A Robert E. Howard

El sueño se negaba a acercarse a mi lecho, mientras las horas goteaban pesadamente. Intenté averiguar el motivo del nerviosismo que me dominaba, pero no lo encontré. Entonces, inopinadamente, un irreprimible temblor invadió poco a poco mi ánimo, y a la larga una verdadera pesadilla vino a apoderarse por completo de mi corazón y de mi entendimiento.
El miedo me puso los pelos de punta, estremeciéndome de horror. Ya conocía semejante sobrecogimiento. Te puedo jurar que las puertas de infierno se abrieron para soltar legiones de tinieblas, saliendo como aviesos torbellinos de llamas dispuestas a devorarme. La habitación se sumergió en una hosca quietud.
Ya te hablé de ella, de su belleza que dejaba sin respiración, de aquel horror que sufrí cuando me contempló, aunque por un instante, la primera vez. La bóveda laberíntica de mi cabeza vio sus labios rojos, entreabiertos, sus largas y negras pestañas, sus ojos execrables y llenos de sombras, su pavoroso bosque de cabellos.
Allí inclinada sobre mi, tenía algo de impío, tanto en la seducción de su sonrisa como en el brillo de sus ojos y la lujuriosa pose de su voluptuoso cuerpo. Cada gesto y cada uno de sus movimientos la apartaban del comportamiento normal de las mujeres; su belleza indómita no estaba sometida a ley alguna, estaba hecha para enloquecer, para hacer que un hombre se volviese ciego e inconsciente, despertando en él las desenfrenadas pasiones propias de nuestros antepasados antropoides.
Cuando parpadeaban sus ojos, en ellos se proyectaba la lujuria, la endemoniada crueldad y la perversidad monstruosa que han atemorizado a los hombres desde los primeros tiempos, desde que descendieron de los árboles.
¡Judit! ¡Judit! ¡Judit! Repetí mil millones de veces aquel espantoso nombre.
¡Cielos, qué abismos y cumbres de horror acechan en ese nombre! Enloquecido por las heladas puñaladas de sus horrendos ojos, me convirtió en una ruina sangrante, sacó de mi cuerpo el alma y el ser, sumergiéndolos en un río de lava ardiente. ¿Se recuperará mi mente de lo que vi? Hoy creo que jamás lo hará.
Nunca, ni en los peores momentos del ansia de beber, experimenté nada parecido. Ardí con el calor de mil volcanes y me helé en el frío de su mirada, que ningún hielo puede igualar. Las palabras de Robert E. Howard vineron a mí atormentado entendimiento y bajé arrastrándome hasta los más hondos pozos del tormento y ascendí hasta las torturas más encumbradas, miles de harpías aullantes me rodeaban, gritando y rajándome con sus infestas garras. Cada uno de mis huesos, cada una de mis venas, cada una de mis células, sufrí entre gritos el dolor que jamás nadie ha sentido, desintegrarse mi cuerpo, y esparcirse átomo a átomo, ensangrentado, por el Universo de las Sombras. Pero cada uno de esos átomos, cada una de esas células, juntas y por separado, se mantenían unidas en el suplicio a mi mente, gritando, rabiando de dolor. Y en un movimiento absorbente, volvieron a unirse, a integrarse, para hacer más agónico el tormento.
Entre los vapores ardientes del volcán, los ojos fuera de sus órbitas, sufriendo el abrazo del frío mortal, me oía gritar mientras mis manos se convertían en garras y me arañaba con desesperación. Laceré nuevamente mi carne, en un frenesí agónico que me hacía comprender que estaba vivo, que ese dolor era signo de vida, que viviría mientras fuese capaz de rajar mi propia carne con mis manos.
Con un alarido bestial, me abalancé sobre la botella que había en la mesilla de noche y frenéticamente bebí. La cogí con ambas manos, apenas consciente de lo que estaba haciendo, apreté con tal violencia que el cristal estalló entre mis dedos. La mezcla de líquido, sangre y cristales cayeron sobre mi garganta y mi pecho.
En la miseria de mi degradación, el líquido era un puñal de lava ardiente que me atravesaba el corazón y que hacía revivir, de un modo extraño, los escasos momentos de consciencia que había vivido en los últimos tiempos, antes de iniciar la búsqueda, cuando era un niño que corría por los trigales, acariciando las coronas de las espigas, recuerdos que sospechaba que mi torturada mente perdería en aquella jornada. ¡Ya eran lejanos y borrosos los momentos que viví con la única mujer a la que pude amar! El negro mar del olvido se había interpuesto entre ellos y yo.
Cuando desperté me encontré en una solitaria calle. ¿De dónde habían surgido aquellas atalayas que brillaban entre la niebla? Sus luces me llamaban de un modo extraño. Parecían latir, estrellándose contra mi cerebro. Me apreté con fuerza las sienes doloridas, luchando por hacer que mis pensamientos volviesen del laberinto caótico en el que se habían extraviado. La niebla danzaba con formas extrañas y siniestras. Se acercaba hacia mí.
Cuando los espectrales dedos de la niebla estuvieron a punto de atraparme, fríos como manos de cadáveres, entré en una habitación. Espantosa escena de muerte me aguardaba, cientos de esqueletos, calaveras, huesos, carne podrida, su hedor me asfixiaba, las ratas corrían entre los despojos y detritus humanos, los reptiles se escabullían entre los huecos de los ojos de las descarnadas calaveras. ¿Dónde me encontraba? ¿De dónde habían surgido aquella obscena locura, negra y terrible?
Permanecí inmóvil, en mitad de la estancia. Primero lo atribuí a mi caótica mente, dominada por el alcohol, pero sabía que desde la profundidad de unas descarnadas cuencas oculares, unos grandes ojos ardían clavados en los míos, ojos que doblegaban mi alma y mi entendimiento, clavándome en el suelo. Aquella masa de carne putrefacta, destrozada y comida por ratas y serpientes, se reía de mí. ¡Era ella!
¡En ese momento mi cabeza estalló! Las atalayas se tambalearon y cayeron, una gran columna de humo ascendió desde los infiernos, torbellinos de maldad escaparon de las profundidades de la noche y ascendieron a los cielos. Sin ser consciente de ello, había alcanzado el revólver y convertido mi cabeza en un castillo de fuegos artificiales. Caí y no fui consciente de nada más.
Me hundí en un mar de inconsciencia.


© Francisco Javier Illán Vivas


http://www.illanvivas.com/

Fuente: El Rincón literario 3 de nit

13 comentarios:

mas de mi que de... lirio dijo...

Gracias Carlos, gracias por estar siempre presente, dándome ánimos.
A veces me siento injusta, se que hay gente en peor situación que la mía, pero no puedo evitarlo, escribir a veces se transforma en mi única salida de emergencia. Trabajo desde los catorce, pocas veces he parado y en verdad me cuesta mucho.
Te mando un beso enorme, hoy desde mi corazón por que en ti encontré un amigo y así lo siente el jejejej

CARLOS LABARTA dijo...

Aquí, este corazón para todo...
Un besico y, al menos, entretente con estas cosicas, que también vale la pena... El miedo, combatiéndolo o sumergiéndose en él,tb ayuda a desconectar de todo... Entretiene un minuto... Este autor además, merece la pena un oído...
Un besassssso...

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Un texto impactante.

Amig@mi@ dijo...

Me gustan las historias así, sobre todo escucharlas en las sombras de la noche...

Besos

BRILLI-BRILLI dijo...

Gracias por tu comentario en mi blog.Me ha gustado el tuyo,por ello te agrego a mi lista..
besos desde Valencia

CARLOS LABARTA dijo...

BRILLI-BRILLI: muchísimas gracias a ti, residente en mi primera tierra de adopción... Tantos recuerdos. Pásate cuando quieras por mi casa...
Un abrazo

CARLOS LABARTA dijo...

AMIG@ MI@: cierto, a mi también, pero no he podido resistirme... ME alegro de que te haya gustado...

CARLOS LABARTA dijo...

AMIG@ MI@: cierto, a mi también, pero no he podido resistirme... ME alegro de que te haya gustado...

CARLOS LABARTA dijo...

PEDRO OJEDA ESCUDERO: La literatura que hace este autor es toda impactante ciertamente...

Francisco Javier Illán Vivas dijo...

Sólo puedo tener palabras para agradecerte que vuelvas a la actualidad a un relato que, en su momento, fue santo y seña de mi forma de escribir, y así lo entendieron Sandra Llabrés y Joana Pol en su programa para IB3, Rincón literario ó Rincon del autor, que ahora no recuerdo.

Un abrazo.

CARLOS LABARTA dijo...

FRANCISCO JAVIER ILLÁN VIVAS: No merece usted menos..
Un abrazo

Thiago dijo...

Bueno, un texto muy intereante e inquietante, desde luego.. Fascinante, diría yo.

Bezos.

CARLOS LABARTA dijo...

THIAGO: sólo es posible un desde luego...